La construcción del conocimiento científico. Fourez. Google Libros

El sujeto cognoscente

¿Quién es Gèrard Fourez?

LA OBSERVACIÓN

Según la visión espontánea que la mayoría de las personas tiene de la observación, esta llega a las cosas “tal y como son”.

Por eso se dice con frecuencia que la observación debe ser fiel a la realidad y que en la comunicación de una observación sólo se puede informar de lo que existe.

La observación sería una mera función pasiva, un puro estudio receptivo.

En el mundo existirían una serie de informaciones que habría que recibir lo más fielmente posible.

Si digo que hay una hoja de papel en el escritorio sólo puedo decirlo a condición de tener una idea previa de lo que es una hoja de papel. Igualmente, si digo que se me cae el bolígrafo cuando lo suelto, tengo ya cierta idea “teórica” de lo que es arriba y lo que es abajo.

Si observo el dibujo de la página, según lo organice, veré un pato o un conejo, una escalera vista desde arriba o vista desde abajo.

Si tomamos en consideración la figura de Hanson (1958), podremos además convencernos de que nuestra observación depende del contexto; según sea este, tenderemos más a interpretar el dibujo como una cabeza de pájaro o como una de antílope; la forma en que nuestro entorno nos condiciona, influye de modo manifiesto en nuestro modo de “mirar”.

Estos ejemplos demuestran que la observación no es puramente pasiva, más bien se trata de cierta organización de la visión.

Si observo lo que hay sobre mi escritorio, para mí es una forma de poner orden en lo que observo.

Sólo veré las cosas en la medida en que estas se correspondan con un cierto interés.

Casi automáticamente eliminaré de mi visión elementos que no forman parte de lo que observo, por ejemplo, si examino lo que hay en un encerado en una clase, eliminaré lo que está mal borrado de la clase anterior.

Cuando “observo” algo tengo que “describirlo”. Para lo cual utilizo una serie de nociones que ya tenía antes: estas se refieren siempre a una representación teórica, generalmente implícita.

Sin esas nociones que me permiten organizar mi observación, no sé qué decir. Y en la medida en que carezca de un concepto teórico adecuado, estoy obligado a apelar a otros conceptos de base, por ejemplo, si quiero describir la hoja que está sobre mi escritorio y no tengo noción de hoja, haré de ella una descripción hablando de esa “cosa” blanca que está sobre mi escritorio, sobre la que parece haber líneas con cierta regularidad y también con cierta irregularidad, etc.

Aquí habría que hablar sobre la posibilidad psicológica para los humanos de “simbolizar”, es decir, de hablar “tal cosa” de “algo” y considerarlo un objeto, como una cosa, es decir, separarlo del flujo de nuestros actos reflejos para convertirlo en objeto de nuestro lenguaje, de nuestro pensamiento y de nuestra comunicación.

Por tanto, para observar hay siempre que referir lo que se ve a nociones previas.

Una observación es una interpretación: es integrar determinada visión en la representación teórica que nos hacemos de la realidad.

Lo que afirma claramente la filosofía desde Kant, lo ha vuelto a encontrar la psicología, especialmente con la psicología cognitiva.

Esta aproximación de las ciencias psicológicas insiste precisamente en el carácter construido de nuestros conocimientos.

“…las teorías constructivistas de cognición están en oposición a las que consideran que el conocimiento del mundo externo viene directamente de una forma inmediata. El punto de vista es constructivista en cuanto que el significado de un acontecimiento o la configuración de los datos están construidos por el individuo.”

Arnkoff 1980

Además, señala Pinch,1985, las relaciones de observación pueden variar de significado según el contexto teórico en el que se la sitúe.

El conjunto de teorías utilizadas para producir una relación de observación puede ser más o menos importante, más o menos discutible.

Todas las proposiciones empíricas dependen de una red de hipótesis interpretativas de la experiencia. Pero no todas apelan a semejante experiencia del mismo modo: no se “observa” del mismo modo un neutrino, un microbio, un cráter lunar, una nota musical, un gusto azucarado, una puesta de sol.

Lo que da a la observación una impresión de inmediatez es que no se cuestionan las teorías que sirven de base para interpretación; la observación es cierta interpretación teórica no contestada, al menos de momento.

Mientras que, si al observar una flor en mi escritorio, cuestiono mi concepto de flor, ya no tendré la sensación de observar, sino de teorizar.

Una observación sería por lo tanto una forma de mirar el mundo, integrándolo en la visión teórica antigua y aceptada.

Esa ausencia de elemento teórico nuevo es lo que produce el efecto “convencional” o “cultural” de una observación directa de un objeto.

Si las observaciones contienen siempre elementos de interpretación y de teorías mal podríamos partir de una observación que sería el punto de partida indiscutible de la ciencia.

Si por ejemplo observo una célula al microscopio, ya se trata de un modelo interpretativo unido a cierta comprensión de un funcionamiento y no de un punto de partida absoluto. Por tanto siempre llegamos demasiado tarde para descubrir el primer punto de partida.

Además no se puede observar sin utilizar el lenguaje, sea verbal, sea mental Y la lengua ya es un modo cultural de estructurar una visión, una comprensión.

Una descripción en una lengua no producirá el mismo efecto que en otra

. Estamos, pues, irremediablemente atrapados en el lenguaje, que existe desde antes que nosotros y existirá después de nosotros.

Así que los científicos no son individuos que observan el mundo a partir de cero; son participantes de un universo cultural y lingüístico en el que se insertan sus proyectos individuales y colectivos.

Igualmente la noción de observación completa no tiene ningún sentido ya que observar es siempre seleccionar, estructurar y por lo tanto, abandonar lo que no se considera.

¿Proposiciones empíricas o teóricas?

Las proposiciones empíricas que sólo cuentan lo que vemos, y que serían la base fundamental de todos los conocimientos científicos, son ya en parte teóricas.

Las proposiciones empíricas no son lo “opuesto” a proposiciones teóricas, son ya teóricas.

La imagen del trabajo científico, de acuerdo con la cual, empezaríamos por recoger observaciones que expresaríamos con proposiciones empíricas indiscutibles, en las que seguidamente , trataríamos de encontrar proposiciones teóricas explicativas, es pura imagen de ficción.

Lo que parece ocurrir es que, en la práctica científica, en determinado momento, se consideran “hechos empíricos” ciertos elementos de una descripción. Esos “hechos empíricos” no se cuestionan de momento.

Las proposiciones empíricas difieren de las teóricas en que por una convención práctica unida al trabajo científico del momento, se establecen como momentáneamente indiscutibles.

Si digo que el agua hierve a 100 grados centígrados, es un enunciado empírico, lo que quiere decir que es una afirmación que no voy a cuestionar.

Cada vez que una proposición no concuerda con una teoría , es posible, más que modificar la teoría , modificar las reglas de interpretación de la observación y describir lo que vemos de otra manera.

¿Objetividad absoluta u objetividad socialmente instituida?

Pero entonces, ¿qué ocurre con los objetos que observamos? Tenemos la clara sensación de ver las cosas con objetividad, tal y como son.

El problema de esta manera de ver, es que parte de una definición espontánea de la objetividad que sería “absoluta”, es decir, sin relación alguna con otra cosa.

Ahora bien, parece que no podemos hablar de un objeto más que mediante un lenguaje-realidad cultural- que se puede utilizar para explicárselo a los demás.

No puedo hablar de la lámpara que está sobre la mesa si no es a condición de tener suficientes elementos de lenguaje, comunes y convencionales, para que me entiendan.

Hablar de objetos es siempre situarse en un universo convencional de lenguaje. Por eso , se suele decir que los objetos son objetos en virtud de su carácter institucional, lo que quiere decir que son objetos en virtud de las convenciones culturales del lenguaje.

Los objetos no están dados en sí, independientemente de todo contexto cultural.

Sin embargo, no son construcciones subjetivas en el sentido corriente de la palabra, es decir “individuales”: precisamente, gracias a una manera común de verlos y describirlos, los objetos son objetos. Si por ejemplo, quier hacer de la flor otra cosa distinta a la prevista en mi cultura, se sacará la conclusión de que estoy loco.

No puedo describir el mundo según mi subjetividad; tengo que integrarme en algo más amplio, una institución social, es decir, una visión organizada admitida comunitariamente.

Si, por ejemplo, quiero decir que un elefantito rosa está bailando sobre mi mesa, es probable que consideren que tengo trastornos mentales, a menos que logre unir mi “visión” con un discurso socialmente admitido.

Para ser “objetivo”, tengo que integrarme en el entramado social; eso es lo que me permitirá comunicar mis visiones a los demás; sin eso, dirán sencillamente que soy subjetivo.

Así es como Bachelard hacía notar que la objetividad no se puede separar de los caracteres sociales de la prueba, que describen maravillosamente todos los términos y fronteras, a veces sorprendentes , de la institución de un “hecho” científico.

En otras palabras, el lugar de la objetividad no es ni una realidad en sí absoluta, ni la subjetividad individual, sino la sociedad y sus convenciones organizadas e instituidas.

Uniendo de este modo el concepto de objetividad al de interacciones sociales organizadas, se trata de no negar la importancia de la objetividad.

Decir que algo no es absoluto no significa en modo alguno negar su importancia; por ejemplo, decir que se habrían podido encontrar otros medios de transporte que lo que llamamos coches, es afirmar la relatividad de esa tecnología, pero no negar su importancia y su interés.

De lo que se trata es de tomar distancia del modelo artificial, según el cual sería un solo individuo quien observaría “objetiva” e independientemente de cualquier historia, de un modo absoluto, las “cosas tal y como son”.

En conclusión, señalamos que, en contra de una creencia bastante extendida, la objetividad no se opone al carácter convencional y, por lo tanto, en cierto sentido subjetivo de la práctica objetiva.

La objetividad de las ciencias de la naturaleza y de las ciencias sociales no se basa en el espíritu de imparcialidad que se puede encontrar entre los hombres de ciencia, sino sencillamente, en el carácter público y competitivo de la empresa científica.

Los distintos sentidos de la “actividad del sujeto”.

Podemos decir que la observación no sólo depende de un enunciado, sino de una actividad del “sujeto”. Sin embargo, este término es ambiguo,. Porque puede encubrir varios conceptos muy distintos. Para muchos, la noción de subjetividad hace referencia a una visión parcial del todo.

EL SUJETO EMPÍRICO…

Hablaremos del “sujeto empírico” al designar a la persona que hace una observación y que se ve influenciada por lo que en ella hay de particular e individual, eventualmente por sus intereses y pasiones.

En ese sentido, si interpreto una observación en función de mi propia subjetividad, se dirá que mi observación es “subjetiva” y, en ciencia, esa no es una apreciación positiva.

La ciencia transmite una ética de la difuminación del sujeto individual empírico.

Pero, al menos desde Kant, la subjetividad remite en primer lugar a una construcción.

La palabra “sujeto” designa entonces, el conjunto de actividades estructurantes necesarias para la observación.

SUJETO TRASCENDENTAL…

Ese conjunto forma lo que Kant Llama “sujeto trascendental” y como observar es siempre construir y estructurar; se puede decir que la observación es actividad del sujeto, o subjetiva, pero en cuanto que observar es organizar nuestra visión según reglas que son sociales o están unidas a la historicidad de una cultura.

Si tengo una tiza verde sobe la mesa y al observarla me parece roja porque soy daltónico, se dirá en el lenguaje habitual, que mi interpretación es “subjetiva” porque depende de mi forma individual de estructurar el mundo. Pero si hablo de una tiza verde utilizando las nociones de tiza y de verde, y otras muchas, se dirá que mi observación es “objetiva”; sin embargo he podido estructurar esa observación por medio de una actividad estructurante del sujeto y por mediación de una cultura compartida.

Aún más, se puede decir que el carácter objetivo viene directamente de las convenciones transmitidas por las actividades de los “sujetos”.

El “sujeto trascendental” no es por tanto, de ninguna manera, algo que depende del individuo: se trata más bien de un conjunto de elementos unidos a nuestra bióloga, a nuestro lenguaje, a nuestra cultura, etc.

Como afirmaron Husserl y Merlau- Pnty, “la subjetividad trascendental podrá ser intersubjetivada”; en otras palabras, ese “sujeto” es una comunidad humana organizada en una lengua , costumbres, etc.

Lo que da al objeto su carácter objetivo es precisamente esa construcción por ese sujeto según reglas socialmente admitidas y reconocidas.

En otras palabras, sólo hay objeto a través de la “subjetividad” y las convenciones, lo que no quiere decir que la observación es subjetiva, si se entiende por tal que dependa de la interpretación libre de un individuo.

“La ciencia se nutre de hechos observados. Pero no existen los hechos en bruto; incluso el eclipse, el trueno, el precipitado de la probeta, suponen una teoría, más o menos simple, más o menos elaborada, pero que nunca está ausente. Ni siquiera podemos sentir o percibir sin poner algo de nuestra parte, algo de nuestros conocimientos adquiridos. El pensamiento no se deja nunca eliminar. ” Piaget.

EL SUJETO CIENTÍFICO…

También podríamos introducir aquí la noción de “sujeto científico”, entendiendo por tal el conjunto de las actividades estructurantes unidas a una aproximación científica determinada sobre el mundo , para producir el “objeto científico” que hay que estudiar.

Se puede decir que hay un “sujeto científico” particular para cada disciplina, unido a lo que llamaremos el “paradigma” o la “matriz disciplinaria” de la misma.

La revolución copernicana en la filosofía de las ciencias.

Esta sección sobre la observación científica tenía como objeto provocar, como decía Kant, una especie de Revolución Copernicana con elación a la observación. (Se atribuye a Copérnico el habernos enseñado a no seguir viendo al sol girando en torno a la tierra, sino a la tierra en torno al sol.

En nuestra cultura, consideramos espontáneamente que el observador “gira” alrededor del objeto, estando éste considerado como lo que produce la observación mientras que el sujeto que observa se considera esencialmente receptivo.

La revolución copernicana consiste en desplazar el acento y decir que la observación es, en primer lugar, una construcción del sujeto y no en primer lugar el descubrimiento de algo que estaría allí independientemente del sujeto que observa.

Pero decir que algo es una producción humana no es como creen algunos, disminuir su importancia: las tecnologías automovilísticas no son menos importantes si se las considera como construcciones humanas más que “descubrimientos” de algo ya preexistente.

La importancia de esta revolución copernicana es la deslegitimación de la visión de las ciencias que presenta a éstas como un proceso absoluto y en nada histórico.

Psicológicamente, ese cambio de perspectiva es difícil, pues esa idea de la subjetividad como construcción-creación implica un engaño, la renuncia a la certeza de una existencia previa esperando el descubrimiento.

Se trata de vivir la pérdida de un sueño que, de una y otra forma, habita en todos nosotros más o menos: el de una observación absoluta, directa, global, inmediata casi fusionada con el mundo, en una relación dual con la realidad. Y una vez abandonado el mito de la inmediatez se plantea la cuestión de los proyectos humanos subyacentes y la del sentido de esa actividad humana.

Para aceptar un punto de vista “constructivista” en filosofía de las ciencias hay que despedirse de una relación absoluta y directa con el mundo de la observación.

De este modo hemos venido a considerar la noción de “sujeto de la observación”. En la medida en que la observación está unida al lenguaje y a presupuestos culturales, hablar de un sujeto de observación puramente individual es una ficción.

Los observadores de carne y hueso jamás están “solos”, siempre están prehabitados por toda una cultura y por una lengua. Y cuando se trata de una observación científica, la colectividad científica es quien “habita” los procesos de observación. Distinguiendo las nociones de sujeto empírico , sujeto trascendentales y sujeto científico, hemos llegado a la conclusión de que la objetividad no tiene su sitio ni en la objetividad ni en una “realidad en sí”, sino en la institución social del mundo.

Gérard Fourez. La construcción del conocimiento científico. Narcea, Madrid 1994